jueves, 19 de mayo de 2011

LLin & LLan: historia de dos cacahuetes siameses

Los frutos secos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Y eso no me lo he inventado yo sino que lo dice la historia que voy a contar a continuación y que tiene como protagonista a los hermanos Ceniza.

Los hermanos Ceniza eran dos cacahuetes siameses que desde muy pequeños ya destacaban debido a una extraña diferencia racial. No, no destacaban por ser siameses como ocurre con la raza humana os explico:
en el mundo cacahuete existen dos tipos de especímenes: los siamesinos que ocupan el 90% de la población cacahuetina, es decir, aquellos que vienen en paquetes de dos (los habituales vamos); y los singles, los privilegiados que se llevaban a las anarcadas de calle y que gozan de un estatus superior por poseer casa propia e individual.

Bueno el caso es que estos dos hermanos eran muy distintos entre sí, de ahí que fueran conocidos como LLin y LLan (en el lenguaje cacahuete no existe la Y).
Uno era negro, el otro blanco; uno feo, el otro un primor; uno muy tímido y callado mientras que LLan era gracioso y con don de gentes...y así hasta un millón de diferencias que a medida que transcurrían los años abrían una brecha cada vez más mayor entre ellos. Pero daba igual porque seguían queriendose mucho y apoyandose mutuamente a pesar de la opinión que tenían los demás...

En ocasiones surgían pequeñas nimiedades que siempre hacían que LLin se sintiera mal y  apartado. Como pasó aquel día en el debían hacerse una especie de carnet, una ficha de crecimiento, y por falta de espacio LLin tuvo que quedarse fuera de la foto. E igual que esa otras tantas cosas por estilo...

Diferencias aparte, sus vidas transcurrían sin sobresaltos en la plantación de cacahuetes. En unos días llegaría la edad en la que se convertirían en avellanas, en productos para el consumo humano. Ellos sabían que el futuro de todo cacahuete era ese y no les importaba que su vida acabara así. Sus hermanos, sus padres y todos sus antepasados habían sido disfrutados en fiestas infantiles, despedidas de solteros, como alimento para animales...Incluso se decía que uno de sus antepasados posó para uno de los dibujantes de la película Dumbo, algo de lo que se sentían muy orgullosos.

Los días pasaron y al fin llegó el día de la recolección. Del campo fueron llevados a un almacén, donde permanecieron un tiempo e hicieron muchos amigos.
Más tarde pasaron a un lugar donde el ruido era ensordecedor. Plataformas frías los desplazaban de un sitio a otro donde eran supervisados, clasificados y rechazados algunos por razones que desconocían. Ellos en concreto concluyeron todas las pruebas y finalmente fueron juntados junto con cientos de especies que no habían visto en su vida.

Algunas de ellas llevaban cáscara, ¡otras iban desnudas!, pero por lo visto eso era normal entre ellos. Se hacían llamar kikos, pipas, garbanzos, habas y más nombres que no recordaban. E incluso conocieron a parientes suyos: las avellanas serranas, las cuales, eran unas presumidas y estiradas que no estaban al alcance de los vulgares cacahuetes.
Por desgracia no conocieron a ninguna anarcarda. Normalmente no se mezclaban con ninguna especie, además poco importaba porque por lo visto hablaban un idioma muy raro procedente de unas tribus indígenas brasileñas.

Así los meses transcurrían y ellos seguían tan frescos y secos como el primer día.
Un día de primavera los metieron en un camión que según decían los más entendidos los llevarían a su último destino. ¡Estaban tan nerviosos y excitados! Y no paraban de preguntarse ¿Qué sería lo último que vivirían? ¿Dónde acabarían?....

Al fin, la claridad se hizo presente y mostró lo que parecía ser el almacén de un bar.

Unas horas después un humano con mucha prisa, abriría el envase y los introduciría en un recipiente. El fin estaba cerca, se podía oler el café.

¿Pasarían a una mejor vida? En unos instantes lo descubrirían.

 El humano con prisa los llevó a una mesa. Rápidamente los demás frutos secos fueron desapareciendo, ya solo quedaban los hermanos Ceniza. El último bocado, el más cuidadosamente saboreado. Un hombre lo cogió finalmente, sus manos abrieron el cacahuete, desplazaron la fina piel marrón de cada uno de ellos y ¿qué hizo entonces? pues exclamó “¡anda una avellana negra y una avellana blanca juntas!, que mal rollo” y se las guardó en el bolsillo del pantalón porque les daba miedo comérselas.

Mañana de sábado y día de colada. El hombre metía la ropa en la lavadora al mismo tiempo que vaciaba los bolsillos de las prendas que los tenían, y de repente descubrió las dos avellanas esas tan raras que había guardado el otro día.

Pensó en tirarlas, en volverlas a guardar, en quizás comérselas sería lo más lógico, pero no ya estaban blandurrias. ¿Qué c*** hago? Pensó. Mientras tanto se comió un Chococrispis, y de repente algo se le iluminó en la cabeza mirando esos dos frutos secos.

“Una avellana negra, una avellana negra, una avellana negra... ¡una avellana con chocolate!" Y así fue como el creador de los Conguitos inventó los Conguitos de chocolate negro y de chocolate blanco.


Y ustedes se preguntarán qué pasó con los dos hermanos.

Pues el creador los recubrió de oro y los llevó colgados del cuello durante el resto de su vida hasta que murió, y fue entonces su hijo mayor quien los heredó y decidió que los cacahuetes dorados pasarían de generación en generación como símbolo del éxito de su padre.

Así LLin y LLan vivieron félices y no fueron comidos por perdices.


FIN

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